jueves, 11 de mayo de 2017

Vida cristiana y rigidez



El Papa Francisco emplea a veces un lenguaje que recuerda al de Jesús en sus diatribas contra los fariseos, un lenguaje que se encuentra especialmente en el Evangelio de San Mateo. Es llamativa la frecuencia con que Jesús aparece ante los ojos de los fariseos como un transgresor. Quizá a propósito Mateo escoja actuaciones de Jesús especialmente provocativas porque su Evangelio es una apologética pensada para judíos cristianos y para los judíos que se lo están pensando. El Señor hace milagros en sábado, come con publicanos y pecadores, absuelve a la mujer adúltera, no impone a sus discípulos un ritual minucioso de purificación antes de las comidas, les deja que arrancan espigas en sábado, trata con especial cariño a los samaritanos, se deja tocar y besar los pies por una pecadora pública, etc. En esas situaciones el escándalo estaba asegurado.
En la Iglesia naciente también hubo cierta rigideces y tensiones ante actuaciones de Pedro y, posteriormente,  de Pablo por las que  cayeron en la sospecha de ser  “infractores”.

El Papa Francisco está hablando en sus homilías de Santa Marta de los rígidos, serían una versión actual de un cierto fariseismo dentro del catolicismo.

No pienso que el Señor provocase a propósito a los fariseos con su actuación libre y amorosa, reflejo humano perfecto de la misericordia y la ternura divinas. Eran ellos, en su mayoría, quiénes se complicaban interiormente. 

El rigorismo, el ritualismo exagerado, el cuidado excesivo de lo externo, de lo formal, sin atender a la ley suprema de la caridad, sin tener en cuenta el sentido común y la epiqueya, pueden esconder auténticas deformaciones en el modo de procurar una vida verdaderamente cristiana.
Hay algo que buenos psiquiatras cristianos señalan, en algunos casos, como   fronterizo con el anancastismo.

"El Señor siempre nos pide que no endurezcamos nuestro corazón. Lo que el Señor quiere decir es que hay otros pueblos, otros rebaños que no son de este redil, pero luego habrá un solo rebaño y un solo pastor. A los que juzgaban como paganos, como condenados, pero que se vuelven creyentes, los consideraban creyentes de segunda clase: nadie lo decía, pero de hecho lo eran. La cerrazón, la resistencia al Espíritu Santo; esa frase que te cierra siempre, que te frena: Siempre se ha hecho así. Y eso mata. Eso mata la libertad, mata la alegría, mata la fidelidad al Espíritu Santo que siempre actúa hacia adelante, llevando adelante la Iglesia. ¿Y cómo puedo saber si una cosa es del Espíritu Santo o de la mundanidad, del espíritu del mundo, del espíritu del diablo? ¿Cómo puedo? ¡Pues pidiendo la gracia del discernimiento! El instrumento que el mismo Espíritu nos da es el discernimiento. Discernir, en cada caso, qué se debe hacer. Es lo que hicieron los Apóstoles: se reunieron, hablaron y vieron que esa era la senda del Espíritu Santo. En cambio, los que no tenían ese don, o no habían rezado para pedirlo, se quedaron encerrados y frenados.

Los cristianos debemos, entre tantas novedades saber discernir una cosa de la otra, discernir cuál es la novedad, el vino nuevo que viene de Dios, cuál es la novedad que viene del espíritu del mundo y cuál es la novedad que viene del diablo. La fe no cambia nunca. La fe es la misma. Pero está en movimiento, crece, se agranda. Y, como decía un monje de los primeros siglos, San Vicente de Lerins, las verdades de la Iglesia van adelante: se consolidan con los años, se desarrollan con el tiempo, se profundizan con la edad, para que sean más fuertes con el tiempo, con los años, se extiendan con el tiempo y se eleven más con la edad de la Iglesia. Pidamos al Señor la gracia del discernimiento para no errar el camino y no caer en la inmovilidad, en la rigidez, en el cierre del corazón
Pidamos al Señor la gracia del discernimiento para no errar el camino y no caer en la inmovilidad, en la rigidez, en el cierre del corazón" (Papa Francisco, homilía en Santa Marta, 7 de mayo de 2017).

Nociones claras como "la apertura a la Palabra" la "docilidad al Espíritu Santo", la humilde recepción de "las sorpresas de Dios", no temer a "lo nuevo", etc. son disposiciones profundas del alma cristiana.


J.S
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