sábado, 12 de octubre de 2013

El uso de la palabra "proselitismo" en la predicación del Papa Francisco.

Somos objeto de un proselitismo ideológico, político y comercial constante. Se nos
pretende “comer el coco” de mil maneras, unas  descaradas, otras más sutiles. Los políticos están en campaña electoral permanente; aunque opinen sobre fútbol siempre están colocando su “mensaje”. Pero no sólo los políticos, sino todo el mundo que tenga acceso a un medio de comunicación trae consigo muchas formas de propaganda. Un famoso del deporte te puede hablar durante unos minutos sobre cualquier incidencia deportiva y, al mismo tiempo, te está invitando a que deposites tu dinero en determinado banco, a que te compres zapatillas de determinada marca, a que uses ese reloj fantástico que está en su muñeca, a que bebas el refresco que sorbe con placer, a que te cambies a esas gafas de sol con etiqueta bien visible.

Junto con todo ese mundo de marketing agobiante, también somos objeto de un proselitismo ideológico casi compulsivo sobre el uso del lenguaje, sobre actitudes ante la vida, Si piensas esto, sin dices esto otro, eres tal cosa o tal otra. No pienses que, no digas que, porque entonces diremos de ti tal (¡perdón por estas licencias de lenguaje!).  Y encima, si intentas hablar de Jesucristo como verdad de Dios y verdad del hombre, una voz suprema que recubre todo un mundo de comunicación artificial, te gritará con tono de acusación grave: ¡eso es proselitismo!

¿Vale la pena el esfuerzo por reivindicar la legitimidad del uso correcto de la palabra proselitismo en nuestro vocabulario cristiano? ¿No la han pervertido ya otros  proselitistas contumaces?  El propio Papa Francisco ha renunciado al uso de la palabra proselitismo cuando dijo en Santa Marta: La Iglesia –nos decía Benedicto XVI– no crece por proselitismo, crece por atracción, por testimonio. Y cuando la gente, los pueblos ven este testimonio de humildad, de mansedumbre, sienten la necesidad que dice el Profeta Zacarías: “¡Queremos ir con vosotros La gente siente esa necesidad ante el testimonio de la caridad, de esta caridad humilde, sin prepotencia, no suficiente, humilde, que adora y sirve.

Aunque la palabra prosélito está  en la Sagrada Escritura, podemos decir lo mismo de siempre usando palabras mucho más abundantes en los Evangelios y en las Cartas Apostólicas: evangelizar, dar a conocer a Cristo, invitar a la conversión, exhortar, proponer el Evangelio, etc., con la coherencia de nuestras vidas, con la palabra sincera, sencilla, clara, con el afecto que arrastra.

Esto es justo lo que está haciendo el Papa Francisco a gran escala.

J.S.