martes, 8 de octubre de 2013

Hay maneras y maneras de hablar de la Iglesia

A todos nos gusta que nos hablen bien de nuestra madre y nos produce gran malestar oir de un extraño un comentario negativo sobre ella. Por eso una de las reglas básicas en la convivencia conyugal es no criticar nunca la conducta de la suegra ante su hijo o su hija, ¡mucho menos si hay enfado por medio!

El Papa Francisco recordaba esta realidad en la Audiencia General del 11 de septiembre pasado: Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así

Con respecto a la Iglesia le ocurre lo mismo a quienes la tienen como Madre y la aman. En este punto la vivencia de la Iglesia Madre es clave. Decía el Papa en esa ocasión reciente: ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así. Y la Iglesia tiene también sus defectos: ¿la queremos así como a la mamá, le ayudamos a ser más bella, más auténtica, más parecida al Señor?

Por supuesto que siempre, desde los tiempos apostólicos,  ha habido una dosis de autocrítica eclesial, desde dentro, nacida de un cariño filial, con ánimo de mejora. Basta leer las Cartas Apostólicas y las Cartas a las siete Iglesias de Asia contenidas en el Apocalipsis. Y a largo de los siglos, los grandes Santos han señalado defectos a corregir en la comunidad cristiana, entre el clero y entre los simples fieles. Haced la prueba de releer el capítulo 9º de El Diálogo,  de Santa Catalina de Siena. Mucho más recientes están todos los actos celebrados y todos los documentos promulgados por Juan Pablo II durante el Jubileo del Año 2000 en relación con la memoria histórica y las culpas del pasado. Pero conviene, en las circunstancias actuales, destacar que todas esa autocrítica siempre se ha hecho desde la fe y desde el amor, con los ojos puestos en la santidad de nuestra Cabeza, Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe, con el deseo de que la Iglesia sea más bella, más auténtica, más parecida al Señor, en palabras de Francisco.

Otra cosa completamente distinta es el maltrato hecho a Nuestra Madre la Iglesia, desde fuera, por quienes son extraños, por quienes odian la Iglesia, por aquellos a quienes les importa un pito la salvación de las almas.

Es verdad que el Santo Padre nos llama a los hijos de la Iglesia a una nueva conversión y señala aspectos menos positivos que hay que enmendar entre todos y con la ayuda del Espíritu Santo. Los hijos de la Iglesia entendemos todo eso desde dentro. Pero es innegable que sus palabras y gestos llaman la atención y encuentra eco fácil en los medios. Y desde fuera, palabras suyas sueltas, expresiones descontextualizadas, son utilizadas como crítica a la Iglesia Católica, con ánimo avieso, por parte de quienes llevan mucho tiempo intentando anular la presencia de la Iglesia en el mundo. Eso duele. Nosotros hablamos de nuestra Madre, ellos no.

J.S.


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