viernes, 28 de junio de 2013

COMENTARIO La Santísima Trinidad y nuestra felicidad


Dentro de la Iglesia, se refleja la Trinidad en cualquier comunidad auténticamente cristiana, allí donde cada uno se preocupe de los demás y se olvide de sí mismo, en una familia, en un hogar hondamente cristiano, allí donde predomine la acción del Espíritu Santo y se manifiesten sus frutos: caridad, paz, gozo, paciencia…
      Uno de los textos más citados del Concilio Vaticano II es el n. 24 de la Const. Gaudium et spes y, desde luego, fue un lugar favorito de Juan Pablo II. Se titula La índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios. En él se lee: el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.
      La petición de Jesús al Padre es asombrosa. La traducción al español empobrece el sentido porque sólo hay una palabra (uno) para expresar dos conceptos distintos en griego y en latín: unus y unum. En realidad, lo que Jesús pide a su Padre es que se dé entre sus discípulos un tipo de unión semejante al que se da entre las Personas de la Trinidad. Ésa es la petición de Jesús y ésa es nuestra vocación, nuestro futuro dichoso, querido por Dios.
     Abriendo perspectivas cerradas a la razón humana… La realidad íntima de Dios, su condición de Uno y Trino, el misterio de la Santísima Trinidad excede la capacidad natural de la inteligencia humana. Los grandes pensadores de la antigüedad fueron capaces de superar los mitos paganos y llegar al posible y limitado conocimiento natural de Dios, pero la intimidad del Dios Vivo habría permanecido incógnita a la razón humana si Dios no hubiera emprendido esa aventura amorosa que se llama Historia de la Salvación, si no se hubiera abierto Dios al hombre para invitarle a entrar en la misma vida divina. La Historia de la Salvación es, al mismo tiempo, Historia de la Revelación divina al hombre.
     De una manera muy directa Dios se manifiesta al pueblo de Israel, comenzando por su propio inicio en los Patriarcas. No obstante, a lo largo del Antiguo Testamento Dios se revela sólo como Uno y único, con una gradualidad pedagógica, para evitar a su Pueblo el contagio politeísta de todas las culturas que le rodean. Sólo con Jesús y en Jesús acontece la revelación del Padre, del Hijo Encarnado y del Espíritu Santo. El conocimiento de la Trinidad en Dios es algo nuevo, sólo se da en Cristo, es propio de los cristianos; es algo singular, es algo que no acontece en ninguna religión ni en ninguna filosofía.
      Sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. El lenguaje de la fe siempre es prudente porque hablar al mismo tiempo de Dios y de los hombres se requiere siempre el recurso a la analogía. Se sugiere una cierta semejanza. Nuestra comunión con la Trinidad, siempre a través de Jesús, origina una comunión entre nosotros: la Comunión de los Santos, imperfecta aquí en la tierra, perfecta en el Cielo. Comunión de fe y de amor.
      Podríamos preguntarnos ¿cómo se instaura entre nosotros −criaturas, cristianos− ese reflejo, ese eco, de la Santísima Trinidad? Viviendo cada uno no para sí sino para Cristo y los demás. La Iglesia entera es pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dentro de la Iglesia, se refleja la Trinidad en cualquier comunidad auténticamente cristiana, allí donde cada uno se preocupe de los demás y se olvide de sí mismo, en una familia, en un hogar hondamente cristiano, allí donde predomine la acción del Espíritu Santo y se manifiesten sus frutos: caridad, paz, gozo, paciencia…
      Realmente, cuánto más cristiana es nuestra vida, compartida, mayor es el anticipo que se nos da... del Cielo.
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