lunes, 12 de agosto de 2013

COMENTARIO La fe de la Iglesia y nuestra identificación más profunda

En un pasaje del Evangelio encantador dice Jesús que la mujer que da a luz a un hijo se olvida del dolor que ha pasado “con la alegría de dar un hombre al mundo”. Esa alegría de la madre es única y con frecuencia rompe en entusiastas manifestaciones: ¡hijos mío, eres lo más lindo del mundo! Sólo una madre es capaz de llamar así a un pequeño amasijo de carne. Y la diminuta criatura responde acurrucándose como puede en esa cálida humanidad de donde ha salido, como si quisiera volver a su hogar primero. Ahí empezó la escucha más importante de nuestra vida, la repetición monótona y entrañablemente amorosa de cosas dichas por la madre y el padre, a las que se añadieron otras voces cercanas de hermanos, abuelos. Tardamos algunos años en entender de un modo consciente lo que personas que nos amaban nos decían desde el principio. Éste es el proceso normal en el despertar de la consciencia humana, el principio de conocimiento de nosotros mismos: yo soy quien soy, quien me han dicho y me entiendo en una lengua que no sé cuando aprendí.

Esta consideración tan sencilla y universal es una de las claves del pensamiento ratzingeriano  retomado por el Papa Francisco en su primera Encíclica Lumen fidei. Dice así: La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, guardado en la memoria viva de otros. El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande (n. 38).

Hay todavía una memoria más grande. Más grande que la memoria de una familia, de una comarca, de una región, de una nación. Es la memoria de la Iglesia, es una memoria de 20 siglos. El Papa Francisco habla en su Encíclica Lumen Fidei de ese sujeto único de memoria que es la Iglesia. Una memoria expresada en multitud de lenguas y culturas, pero siempre idéntica a sí misma en lo esencial. Ese milagro, humanamente inexplicable, es tarea del Espíritu Santo, a quien el Catecismo de la Iglesia Católica llama memoria de la Iglesia. Esa tarea está anunciada en las palabras de Jesús, « os irá recordando todo » (Jn14,26). Se trata de recordar el testimonio apostólico,  lo que hemos visto y oido os lo anunciamos (1 Jn, 1,3).  Y mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús. La tradición apostólica es confirmada y renovada en la vida de los santos y, de un modo especial, en la experiencia de los místicos.

El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene unidos entre sí todos los tiempos y nos hace contemporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe.

Iniciamos estas consideraciones con la imagen de la madre parturienta, la que inicia nuestra identificación personal; pues bien, la Iglesia también Madre nos inicia en nuestra identificación más profunda con el lenguaje de la fe. Yo soy quien soy, lo que me ha transmitido la Iglesia; soy hijo de Dios en Cristo, llamado a ser santo, a caminar en su presencia y a vivir en su Amor.

J.S.



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